lunes, junio 04, 2012

Ana iIce Gomez (Nicaragua, 1945)




Todo lo que leí
Todo lo que viví
Todo lo que perdí y no pude recobrar
Todo lo que soñé sobre mi almohada
Todo lo que olvidé y recordé en un instante
como atravesada por un milagro
Todo lo que nombré o dije o callé
Toda el agua que tuve mientras vos
te morías de sed
Y el sol que cubrió mis días
Y la luna que cercó mis noches
Todas las palabras y las líneas
que me guardaron de la soledad
Todo el frío
Todos mis amigos. Los que me dan la mano
y los que me saludan desde un perdido
ventanal
Toda mi vida anticipada
Mis angustias sobre la rueda infinita
de la existencia
Mi amor y mi dolor
Toda la brevedad convertida en eternidad
a través de esta larga y recurrente noche
de insomnio.




Nació en Masaya, Nicaragua (1945). Poeta y periodista. Autora del poemario, Las ceremonias del silencio (1975). Pertenece a la generación de poetas de los años 60. Su obra es breve pero intensa.

domingo, junio 03, 2012

Juana Pavón (Honduras 1945)


DESEOS IRREVERENTES


Cómo me hubiera gustado
estar en la cama con Walt Whitman,
beber en las cantinas de Malcom Lowry
o “Bajo el Volcán”.
Procesar a mi manera a Franz Kafka.
Observar sigilosa y detenidamente
a Francis Bacon.
Estar con Salvador Dalí
en una tarde de toros
y tocarle el trasero
mientras pensara en Gala
o en Federico García Lorca.
Cantarle a Pablo Neruda
mis poemas de amor
y otras canciones desesperadas,
repetirle “De Profundis”
con todos mis secretos sexuales
a Oscar Wilde y a su amante maldito.
Cómo quisiera estarme riendo
junto a Baudelaire
con mis quince años en su cama.
Tal vez me hubiera gustado
cogerme a Hitler, a Calígula
a Napoleón, a vos
y a otros hijos de la gran puta.
Filmar con Pier Paolo Passolini
un Decamerón diferente.
Estar acariciando y besando
a Rabindranah Tagore.
Hablar de amor con Juan Ramón Molina.
Condenar sin clemencia
a los Jesuitas Pederastas.
Echarle en cara a Marlon Brando,
el no haberme conocido.
Perseguir a Felipe Buchard,
a Ezequiel Padilla y a Simón,
de cantina en cantina
de barrio en barrio
de santuario en santuario.
Conspirar con la sangre latina
de Gabriel García Márquez.
Desamar a un mílite como Fernando.
Respetar a las mujeres de 1+1
mas no a todas
- como dice María Ester
con la venia de Leslie –
Enojarme con Ramón Matta
por no haberme invitado nunca a un pase.
Quisiera mentarle la madre a tu padre,
a Nietzsche, a Gorky,
y a Simone de Beauvoir.
Respetar aún a Marx, a Lenin,
a la lucha de clases.
Y reírme de los comunistas criollos
pese a la Perestroika.
No comprender nunca las debilidades de Woody Allen
Cortarle un huevo a Van Gogh
y no la otra oreja.
Romper a llorar, escribir mierdas
bailar mambo, salsa y más salsa
y jugar con muñecas aún siendo abuela.
Pedirle perdón a mi mejor amiga,
a Monseñor Santos y a otros Rodríguez,
volver a ser buena, cursi y pendeja.
Seguir soñando, amando y fornicando
y contar chistes hasta llegar
a la hilaridad.
Volar y volar muy lejos
hasta encontrar a ese todopoderoso
que me hizo a su imagen y a su todo.
Amén.




JUANA LA LOCA
(Emulando a Federico García Lorca)


Estoy loca
porque nadie podrá darme
distancias, ni límites, ni futuros
eso sólo yo puedo dármelos.


Quiero que todas se enteren
que estoy loca
por no encontrar lo que yo buscaba.
Lo busqué debajo de las piedras
debajo de las raíces
de la médula del aire
y lo que encontré
fue la verdad
de las cosas equivocadas.


Por eso estoy loca
por no poder irme con el primer paisaje
y volar mezclada con el amor
el vuelo de siempre
sobre mi lecho vacío.
Por querer mi libertad
mi amor humano,
porque la aurora llegó
y no la recibí en mi boca.
Porque aquí en mi locura
no hay mañanas
ni esperanzas posibles
sólo ese rumor de suicidio
que anima mis madrugadas.
Porque tengo océanos de ternura
para aquellos que arrugaron mi corazón de niña
y me negaron una vida más digna.


Si, estoy loca
porque amo a Tchaikhosky
Jacobo Cárcamo
Roque Dalton
y a Morazán.
Porque amo la luna
el sol, las estrellas
la música
y las montañas.
Porque amo a pucho
a los niños a Walda
y a Pink Floyd.


Estoy loca
porque me alimento de muerte
y miseria en el guaro.
Porque amo a Dios
y admiro a Marx
porque amo la paz
de los cementerios.


Mi locura señores
es encontrarme pequeñas criaturas
enterradas bajo pedazos de cartón
Federico decía
estos niños cuando se levantan
parecen golondrinas con muletas.


Esa es mi locura
contrariar a chicos plásticos
que leen Vanidades, Cosmopólitan
y “Nuestra Tegucigalpa”
Mi locura está
en el humo asfixiante
que me da la zona peatonal
y el dolor cansado e infinito
que me dio la calle real.


Estoy loca porque salpicaron de lodo
mis pupilas límpidas
mientras esta agonía de dolor
siempre quiere acostarse conmigo.
Si, estoy loca de dolor
de amor
de rabia por mi impotencia
por mi resistencia de cucaracha
por los gemidos que golpean
las ventanas de mi alma.
Estoy loca por hacer rabiar
a las señoronas ignorantes
cada vez que sus maridos cornudos
fijan sus ojos
en mis tetas caídas sin sostén
Que se enteren que mi locura
sienta sus bases
en decir casi siempre lo que pienso
y si a veces callo
es por no herir susceptibilidades
o por consideración
- ¡Qué esfuerzo Dios mío! -


Estoy loca
por desenmascarar
a la gente y su indecencia
por corruptos
ladrones
asesinos
explotadores
vende – patrias
y sobre todo
porque odio los prejuicios
de aquellas y aquellos
que sólo saben señalar
mas no ven el tumor
que tienen en la próstata
y vagina.


Por todas esas cosas
que sé y me callo
es que estoy loca.

sábado, junio 02, 2012

Blanca Varela (Perú, 1926-2009)

Último poema de junio

Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La
hermosa, la violenta flor del ridículo. Pétalo de carne
y hueso. ¿Pétalos? ¿Flores?
Preciosismobienvestido,
muertodehambre, vaderretro.


Se trata simplemente de heridas congénitas y
felizmente mortales.


Luz alta. Bermellón súbito bajo el que despiertas
de pie, caminando a ninguna parte. Pies, absurdas
criaturas sin ojos. No se parecen sino a otros pies.
Y además estas manos y estos dientes, para mostrar-
los estúpidamente sin haber aprendido nada de ellos.


Y encima de todo y todas las cosas, sobre tu propia
cabeza, la aterciopelada corona del escarnio: un som-
brero de fiesta, inglés y alto, listo para saludar lo
invisible.


Rojos, divinos, celestes rojos de mi sangre y de mi
corazón. Siena, cadmio, magenta, púrpuras, carmi-
nes, cinabrios. Peligrosos, envenenados círculos de
fuego irreconciliable.


¿Adónde te conducen? ¿A la vida o a la muerte?
¿Al único sueño?
La flor de sangre sobre el sombrero de fiesta (inglés
y alto) es una falsa noticia.


Revelación. Soy tu hija, tu agónica niña, flamante
y negra como una aguja que atraviesa un collar de
ojos recién abiertos. Todos míos, todos ciegos, todos
creados en un abrir y cerrar de ojos.


El dolor es una maravillosa cerradura.


Arte negra: mirar sin ser visto a quien nos mira
mirar.


Arte blanca: cerrar los ojos y vernos.


Ver: cerrar los ojos.


Abrir los ojos: dormir.


Facilidades de la noche y de la palabra. Obscenidades
de la luz y del tiempo.


Y así, la flor que fue grande y violenta se deshoja y
el otoño es una torpe caricia que mutila el rostro
más amado.


Fuera, fuera ojos, nariz y boca. Y en polvo te con-
viertes y, a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.


Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en
el olvido para asaltarme siempre. Eres la esfinge
que finge, que sueña en voz alta, que me despierta.

viernes, junio 01, 2012

Guadalupe Muro (Argentina)


HIPPIE DREAMS


“Lord, have mercy on the hippies and faggots
and the dykes and the weird little children they grow.”
Frank Zappa


I
No sé cuándo fue la primera vez que le pregunté a mis padres
cómo se conocieron, pero desde entonces
es mi historia de amor preferida.


¡Cuéntala de nuevo madre!


Yo tenía puesto el blazer azul de pana y el vestidito azul
con lunares blancos que, años más tarde
me robaron de la soga de la casita del Km 3.


Salía de actuar en el musical Canción de Navidad
de la Biblioteca Sarmiento donde cantaba y bailaba
protagonizando a la novia del Sr. Scrooge.


( en la versión de dibujitos animados de Disney es Daisy )


era 25 de diciembre y después de la función
me invitaron a una fiesta, pero como me moría de hambre,
fuimos con la abuela Nelli a comer un sándwich
hasta el bar Munich en Mitre y Quaglia.


(en el 2006 demolieron el bar para poner un centro Kodak )


Sentados en una mesa estaban Eric
y Andrés, dos de mis ex novios,
con un tercer muchacho.


¡Que bombón de dulce de leche!
pensé, no debe ser de acá.


Me lo presentaron como La araña.


Recién había llegado de Buenos Aires
venía viajando desde el Perú
tenía puesto el poncho gris,
el morral de cuero y tenía
pelo.


Tu papá pensó
a esta conchetita linda me la agarro
porque yo siempre tuve ese aire
de haber nacido en San Isidro.


A los cinco días
en una fiesta de año nuevo
en la casa de Eric
nos volvimos a encontrar.


Yo tenía puesto el enterito Lee Oxford azul
que ahora está en el altillo
el que tiene tachas con forma de estrella
pegadas en la pechera.


Nos dijimos
vamos?


Y nos fuimos juntos a la casita del km 3
donde papá vivía con el Negro Luís
que esa noche nos cedió la cama
para que pudiéramos dormir juntos
y durmió en el suelo.


Papá puso música de piano
y yo me acordé de un sueño
que había tenido hace 4 meses.


En mi sueño conocía un chico
que era un churro
y me hacía escuchar una música
que nunca había escuchado:


el Köln Concert de Keith Jarrett
que puso tu papá la primera noche que pasamos juntos
y desde la cual nunca más nos separamos…




II


Pa


¿por qué te decían la araña?


porque todas caían en mis redes.


IV


Cuenta la leyenda que hace 23 años
en la parada de colectivos del Km 6.400 Av Bustillo
mientras corrían a subir el colectivo de la línea 20
mi papá le gritó a mi mamá ¡Viene el Día de la Primavera!
¿querés que nos casemos? y que luego de sacar los boletos
ella dijo sí, quiero.


También cuenta la leyenda que
al enterarse mi tía Silvia, la hermana menor de mi papá,
envió una carta desde Stos. Lugares que comenzaba diciendo
Claudio no nos abandones…


El 21 de septiembre de 1983
asistieron al registro civil de S.C de Bariloche
todo 5to, 6to y 7mo grado
de la escuela 16 turno mañana
donde daba clases mi mamá
y algunos compañeros de feria.


Como testigos estaban Alejandro
que además hizo los anillos y una chica
de la cual nadie recuerda el nombre.


El único familiar presente
fue la abuela Nelly que cocinó la torta
y la decoró con dos muñecos hechos a mano por ella:
un artesano vestido con chaleco de cuero, con un martillo
------------------------------------/colgando del pantalón
y una maestra con anteojos en delantal blanco con un cuaderno --------------------------- ------------ / bajo el brazo
agarrados de la mano.


V


Desde que vine a estudiar a Buenos Aires
con mamá hablamos varias veces por semana,
esa es la razón de mis monstruosas cuentas telefónicas.


Cuando ella me habla de la casa, del jardín, de mis hermanos
yo adoro la teletransportación…


me cuenta lo que hicieron el fin de semana, por ejemplo:


el sábado a la mañana con mi papá
agarraron todos los libros de la biblioteca
y los limpiaron mientras tomaban mate en la cama,
los fueron comentando y tropezaron con algunos tesoros
entre las hojas.


Una flor seca cortada en Ouro Preto por mi papá
antes de conocer a mi mamá, una foto del Negro y la Pancha
sacada en la época en que el Negro bailaba en el musical Hair,
un boleto capicúa Chacarita-Santos Lugares
adentro de Así hablaba Zaratustra del año en que nací yo,
dedicatorias de amantes, de novios y novias prehistóricos.


¿cómo puede ser que en 24 años que vivimos juntos nunca abriste este libro?


Separaron algunos para regalar a la Biblioteca Sarmiento,
y dos o tres para recomendar a mis hermanos,
después arrancaron las hojas
amorosamente caligrafiadas por otros,
las leyeron por última vez
y las fueron quemando con la poda del Sorbus
en el viejo tanque de nafta de cien litros, en el jardín.


Mamá siempre me cuenta estas cosas
y me deja la sensación de que quizás exista
un escarpado camino que precede al amor verdadero y quizás
yo pueda subirlo.






(jipi dreams) PAPAS

Fue en los años de Alfonsín creo. En la Era de la Papa, previa a la Era de la Polenta.
Mi casa era todavía un cascarón blanco empollado en la tierra negra y cruda, rodeado de cipreses.
Por la ventana de la cocina se veía la casilla del gas con las garrafas, que ya avanzados los noventa con la llegada del gas natural, dejó de servir y la demolieron. En el lugar quedaron solo las malvas que la rodeaban. La copa frondosa de la madre selva aún dejaba ver la calle. Y el arenero lleno de palitas y tachitos donde yo jugaba, no era el cantero de la lila que hicimos cuando mi hermano más chico creció.
Ese año, con el último premio que había ganado mi papá en el certamen de pintura provincial que ganaba todos los años (contaban con ese premio como con el sueldo de maestra de mi mamá) compraron una bolsa de papas gigante y una de cebollas en Díaz Hnos, la distribuidora de frutas y verduras que quedaba en Dina Huapi. Varios vecinos se juntaron y cada uno compro su bolsa. Les hicieron precio al por mayor.
Cuando iba a jugar a la casa de Cathy y Alejo comíamos papa, en lo de Nehuén comíamos papa, en lo de Eli y Nati a veces no, en lo de André y Tania a veces tampoco.
En mi casa comíamos papa al horno, puré, buñuelos con queso, croquetas de papa con cebolla rallada (la receta de la abuela polaca), papa al horno con leche, pastel de papa, papas fritas, papa hervida con huevo, papa.
Fue en esa época la única pelea que recuerdo de mis padres. La única que me dio miedo de verdad.
Discutian a los gritos. De pronto, mi mamá me puso la campera (esa azul de plumas que me había regalado la tía Pilar) y nos fuimos las dos de la mano, caminando rápido bajo la lluvia helada que avisaba el final del otoño, sin paraguas, porque en Bariloche a los paraguas se los lleva el viento.
Íbamos muy rápido por la calle empinada, su mano me agarraba fuerte, íbamos como los arroyitos marrones, llevadas por el envión de la pendiente. Había muchas lombrices. Quería parar a mirarlas como hacíamos cuando volvíamos del jardín. No me daba tiempo y mis pies se sucedían al borde del tropiezo, sin siquiera esquivar los charcos. Las botas de goma como barcos amarillos brillaban exaltadas por el agua.
Caminamos kilómetros por el borde de la ruta. Yo no estaba cansada. No me animaba a estarlo. Mi mamá decía cosas, pero no me hablaba a mi.
Tengo hambre, dije por fin, y nos quedamos quietas. Como si la lluvia se hubiera detenido en seco, mi mamá me miró. Cruzamos la ruta, y empezamos a caminar para el otro lado, despacio. La lluvia no había dejado de caer. Mirá una lombriz, me dijo y sonrió ¿Porque cuando llueve hay tantas lombrices, ma? Porque se les inunda la casita y salen a pasear, a las lombrices les gusta mojarse, hasta que sale el sol y vuelven.

Hace poco le pregunte a mi mamá si se acordaba de aquella caminata, tenía la sensación de que nunca había sucedido. Sí, me dijo. Entonces le pregunté si se acordaba de la pelea. Sí, me dijo. Era un mediodía. Un sábado. Miraba llover por la ventana de la cocina mientras preparaba el almuerzo. Tu papá se acercó y me preguntó que íbamos a comer. Luego miró la bacha llena de cáscaras de papa, el agua de la olla que hervía, me miró a mi y me soltó: Y de postre… ¡papas!

Cuando volvimos, encontramos a mi papá parado al resguardo del alero, apoyado sobre una pala a modo de bastón, había hecho canaletas para encauzar los arroyos marrones, pero ya se habían rebalsado y, sobre el césped recién sembrado miraba avanzar el barro.

jueves, mayo 31, 2012

María Moreno(Argentina,1947)


La fuerza


Cuando mis padres eran jóvenes
yo era inviolable.
El sol me daba todo el tiempo
en mi sombrero de ala ancha
mientras crecía el follaje
en el humus de mi axila,
y mis pasos mordaces
hacían volverse a los muchachos.


Siempre había feria en el confín del condado,
tómbolas junto a los copos de nieve.
Mi primo Jim festejaba la venta del mijo
deslizando cerezas en la boca de un pavo.
(Yo debía buscar para mi lazo
flores chicas.)


Era muy fuerte, tan grande me había vuelto
que podía romper doblones con los dientes
y navegar los grandes rápidos
como la Reina Africana,
la cabeza en lo alto flotando como un corcho.


Entonces mis padres reían en el porche de una foto fija
y aunque nunca tuve que cavar sus tumbas
si alguien me hubiera dicho que ése era el destino de mi fuerza,
queriendo romperle la quijada y así desmentirlo,
para fingir debilidad hubiera errado el golpe.


Y como mi fuerza tenía ese poder oscuro
debí castrarla en vilo.
Ahora sólo digiero la legumbre pisada
frases corteses y cuna de oro.


Y aunque hace tiempo que mis padres han muerto
necesito mucho más de sus cuidados
y los voy consiguiendo uno por uno, uno por uno,
como si después de muertos ellos fueran más padres
y pudieran, con sólo un poco de concentración,
extenderme nuevamente sus pulgares
para levantarme de la alfombra
y así volver a andar entre ellos
airosa.




de El affair Skeffington.(Ed. bajo la luna,1992).


Es periodista, narradora y crítica cultural. En 1984 fundó la revista Alfonsina, primer periódico feminista del periodo democrático. Entre sus obras se encuentran El affair Skeffington, Rosario, Ediciones Bajo la Luna, 1992 (novela), El petiso orejudo, Buenos Aires, Editorial Planeta, 1994 (no-ficción), A tontas y a locas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001(ensayos), El fin del sexo y otras mentiras) Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2002 (ensayos), Vida de vivos (conversaciones incidentales y retratos sin retocar), Buenos Aires Editorial Sudamericana, 2005 y Banco a la sombra, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2007 (crónicas). En 2005 creó el programa Portarretros para el canal Ciudad Abierta. En 1999, recibió el Premio NEXO, o.n.g. dedicada a la temática gay, por su labor antidiscriminatorio a través de sus artículos sobre minorías sexuales y en 2007 el premio TEA , Escuela terciaria de periodismo Al maestro con cariño. En 2002 obtuvo la beca Gugghengeim para investigar sobre política y sexualidad en las militancias de los años setenta.
Actualmente es coordinadora del Área Comunicación del Centro Cultural Ricardo Rojas y es editora de El Teje (U.B.A) Primer periódico travesti latinoamericano.


miércoles, mayo 30, 2012

Alessandra Tenorio (Perú, 1982)

Autorretrato



ya no me asusta el ruido de los carros
ni la gente que grita la devaluación del amor tras sus ventanas
me mata el silencio
la in-conexión de las almas
el espacio desierto
entre dos cuerpos
me atemoriza ver al cigarro consumiéndose
en el lugar vacío frente a mí
me hace llorar
verme pegada a esa silla
siendo la piafita-pequeña
que se reconstruye en el tabaco
acogiéndome al último respiro de un tísico


… y no saber qué hacer
Si levantarme cada día mal o si vivir a medias-bien

martes, mayo 29, 2012

Alfonsina Storni nacía un 29 de mayo de 1892





ASPECTO

Vivo dentro de cuatro paredes matemáticas
alineadas a metro. Me rodean apáticas
almillas que no saben ni un ápice siquiera
de esta fiebre azulada que nutre mi quimera.
Uso una piel postiza que me la rayo en gris.
Cuervo que bajo el ala guarda una flor de lis.
Me causa cierta risa mi pico fiero y torvo
que yo misma me creo pura farsa y estorbo.



MODERNA

Yo danzaré en alfombra de verdura,
Ten pronto el vino en el cristal sonoro,
Nos beberemos el licor de oro
Celebrando la noche y su frescura.
Yo danzaré como la tierra pura,
Como la tierra yo seré un tesoro,
Y en darme pura no hallaré desdoro,
Que darse es una forma de la Altura.
Yo danzaré para que todo olvides
Y habré de darte la embriaguez que pides
Hasta que Venus pase por los cielos.
Mas algo acaso te será escondido,
Que pagana de un siglo empobrecido
No dejaré caer todos los velos.


ESTE LIBRO

Me vienen estas cosas del fondo de la vida:
Acumulado estaba, yo me vuelvo reflejo…
Agua continuamente cambiada y removida;
Así como las cosas, es mudable el espejo.

Momentos de la vida aprisionó mi pluma,
Momentos de la vida que se fugaron luego,
Momentos que tuvieron la violencia del fuego
O fueron más livianos que los copos de espuma.

En todos los momentos donde mi ser estuvo,
En todo esto que cambia, en todo esto que muda,
En toda la sustancia que el espejo retuvo,
Sin ropajes, el alma está limpia y desnuda.

Yo no estoy y estoy siempre en mis versos, viajero,
Pero puedes hallarme si por el libro avanzas
Dejando en los umbrales tus fieles y balanzas:
Requieren mis jardines piedad de jardinero.


LA PALABRA

Naturaleza: gracias por este don supremo
Del verso, que me diste;
Yo soy la mujer triste
A quien Caronte ya mostró su remo.

¿Qué fuera de mi vida sin la dulce palabra?
Como el óxido labra
Sus arabescos ocres,
Yo me grabé en los hombres, sublimes o mediocres.

Mientras vaciaba el pomo, caliente, de mi pecho,
No sentía el acecho,
Torvo y feroz, de la sirena negra.

Me salí de mi carne, gocé el goce más alto:
Oponer una frase de basalto
Al genio oscuro que nos desintegra.




A finales del siglo XIX el matrimonio formado por Alfonso Storni y Paulina Martignoni, ambos de nacionalidad suiza, se unió a la ola de inmigrantes europeos que por ese entonces emigraban a la Argentina en busca de un futuro prometedor. Se instalaron en la ciudad de San Juan y allí nacieron sus dos primeros hijos. Sin embargo, en 1890 decidieron regresar a su país natal y se asentaron en un pequeño pueblo llamado Sala Capriasca, ubicado en la Suiza italiana. Allí nació Alfonsina, el 29 de mayo de 1892. Cuatro años después, la familia decidió viajar de nuevo a San Juan donde residirá hasta 1900, año en que se trasladó a la ciudad de Rosario en busca de nuevas oportunidades.
Alfonsina creció en un ambiente de estrechez económica y por ello, cerca de los once años, tuvo que abandonar sus estudios y ayudar a su madre que trabajaba como modista para compensar la falta de recursos causada, en gran medida, por la inestabilidad laboral y emocional de Alfonso Storni. En 1906, cuando muere su padre, Alfonsina entra a trabajar como aprendiza en una fábrica de gorras. Más adelante comienza a trabajar en el teatro y llega a formar parte de la compañía del actor español José Tallaví. De esta forma, desde muy joven adquiere conciencia de que debe trabajar duro para ganarse el pan. Sin embargo, no la abandona su deseo de estudiar y en 1909 se matricula en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde también ocupa el cargo de celadora. Al año siguiente obtiene el título de maestra rural e inicia sus prácticas en la ciudad de Rosario.
En esta época empieza a publicar sus primeros poemas en revistas locales pero muy pronto, cuando le faltan pocos meses para cumplir los veinte años, abandona Rosario y toma el tren rumbo a Buenos Aires: embarazada de un hombre casado y veinticuatro años mayor que ella, está decidida a empezar de nuevo en la capital argentina. Desde ese momento hasta su muerte, afrontará la vida como madre soltera pasando por alto los prejuicios morales de una sociedad hipócrita y estrecha.
Durante sus primeros años en Buenos Aires debe ajustar las exigencias domésticas y la crianza de su hijo a su incorporación al mundo literario; además trabaja, primero como cajera en una farmacia y en una tienda, y después como «corresponsal psicológico» en una empresa importadora de aceite de oliva. En 1916 aparece su primer libro, La inquietud del rosal; asimismo, consigue sus primeras colaboraciones literarias en Fray Mocho, Caras y Caretas, El Hogar, Mundo Argentino, que la ayudan a llegar a fin de mes y la estimulan intelectualmente. También establece amistad con reconocidos intelectuales de pensamiento socialista, como Manuel Ugarte y José Ingenieros, y empieza a recitar sus poemas en bibliotecas de barrio.
En 1919 se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y más tarde en el periódico La Nación, en las que escribe de las mujeres y del lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en «Cositas sueltas»). A menudo se refiere, no sin ironía, a la actitud de las mujeres huecas; por ejemplo, en «Diario de una niña inútil» habla de las vidas tediosas y superficiales de las caza-novios. Asimismo, escribe sobre el derecho al voto femenino —que las leyes argentinas no aprobarán hasta el año 1946— y cuestiona las pesadas tradiciones que les impide a la mayoría de mujeres a elegir un camino más allá del matrimonio. De hecho, en sus artículos adopta un periodismo combativo y en más de una ocasión enfatiza que lo primero que se tiene que hacer para cambiar la situación de las mujeres es romper con los tópicos, los arquetipos, los lugares comunes que la sociedad patriarcal espera de ellas y para ello las insta a demostrar que son seres pensantes.
Estas ideas, en la década de los años veinte, y en Hispanoamérica, resultaban realmente innovadoras. De allí que las mujeres de su tiempo se dividieran ante su actitud libre y desprejuiciada: unas la admiraban y otras la consideraban peligrosa. Es posible que sus artículos lleguen a desencantar a sus lectoras del siglo XXI, pero no se puede prescindir de estos ya que muestran sus convicciones feministas, muchas veces planteadas en formas heterodoxas, humorísticas e irónicas: llega a afirmar que incluso aquellas mujeres que justifican su rechazo al feminismo ya están siendo feministas.
A lo largo de estos años, Alfonsina trabaja intensamente: publica poesía, dicta conferencias y se desempeña como profesora en escuelas públicas, primero en el colegio Marcos Paz y la Escuela de Niños Débiles del parque Chacabuco y, más adelante, en el Instituto de Teatro Infantil Labardén y la Escuela Normal de Lenguas vivas. A partir de 1926 dispondrá también de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación donde impartirá clases de Arte escénico, mientras que por las noches dará clases de castellano y aritmética en Escuela de Adultos Bolívar.
A mediados los años veinte sufre una crisis de agotamiento físico y emocional debido al exceso de trabajo. Se le recomienda descanso absoluto y así comienzan sus reposos anuales en Mar del Plata y Córdoba. Pero esos reposos duran poco: Alfonsina necesita de su trabajo para vivir y sacar adelante a su hijo. No obstante, a pesar de sus crisis nerviosas y, sobre todo, gracias a su empeño, a finales de la década de los años veinte Alfonsina ha logrado convertirse en una mujer profesional consolidada en el mundo intelectual de Buenos Aires, un mundo dominado por hombres. Por aquel tiempo asiste ya a las reuniones y comidas del grupo Anaconda, con Horacio Quiroga (con quien llegó a compartir una intensa relación), Enrique Amorim, Emilio Centurión, etc. También participa activamente en las tertulias artísticas lideradas por Benito Quinquela Martín en el café Tortoni y en las del grupo Signo, realizadas en el hotel Castelar. En estas últimas conoce a Ramón Gómez de la Serna y a Federico García Lorca; allí también suele divertirse cantando algún tango o jugando al truco con sus amigos.
La obra poética de Alfonsina es el mejor legado para intentar comprender su vida, marcada por la lucha cotidiana. Sin embargo, pasó por un largo proceso de aprendizaje poético para realmente fundir la voz de la mujer moderna que ella era, con la voz interna de sus poemas. Sus primeros cuatro poemarios (La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente, Languidez), publicados entre 1916 y 1920, todavía imitan el estilo romántico-modernista, herencia de sus lecturas rubendarianas y de otros autores modernistas como Amado Nervo; en ellos se respira la fragancia del lenguaje preciosista (cisnes, oro, perlas, lunas). La mayoría de sus poemas de esta época se ajustan al llamado «poema de amor», formato plagado de clichés anticuados y excesivamente románticos que en ese entonces prevalecían en la escritura femenina, la de las llamadas «poetisas», la forma común con que se designaba a las mujeres poetas para diferenciarlas de «los poetas», y una manera de colocarlas en un subgénero literario. En esos años no era común que la mujer escribiera pero, si lo hacía, debía ajustarse a las formas tradicionales sin sobrepasar los límites que dividían al amor ingenuo del deseo puro; en otras palabras, debían esconderse bajo expresiones sentimentales que no resultaran peligrosas para el público asustadizo. Aunque Alfonsina en esta primera etapa escribió dentro de este estilo particular, es justo decir que estos primeros poemarios nacen, ante todo, de profundos temas humanos, de experiencias vividas; en definitiva, poemas sinceros y autobiográficos (en «La loba», por ejemplo, hace alusión directa a su supuesta maternidad ilícita). Así, más que en lo artificioso y literario, Alfonsina ahonda en el vértigo del mundo emocional a la par de lo cotidiano (como en «Sábado» o «Tempestad»). El resultado: poemas de tono íntimo y doméstico donde también sobresalen temas transgresores como el deseo femenino que le valieron los más duros comentarios por parte de la crítica tradicional, la doble moral a la que está sometida la virginidad de la mujer («Tú me quieres blanca»), la igualdad erótica entre los sexos y el derecho de independencia de ellas («Hombre pequeñito»), la posición subordinada y el legado de silencio heredado por las mujeres («Bien pudiera ser»). Y, por supuesto, su constante obsesión por la muerte («Oh muerte, yo te amo, pero te adoro vida... », nos dice en «Melancolía»).
Por lo tanto, a pesar que adoptó este formato tradicional, deformó sus contenidos ideológicos para dar cabida a un nuevo modelo de mujer, una que, sí, en ocasiones se sometía al hombre y le esperaba con regocijo de amante, pero que también libraba batallas, se autoabastecía de las cosas de la vida, deseaba pieles y olores, experiencias, y aceptaba derrotas para luego erguirse soberbia y altiva ante las vicisitudes. Las contradicciones evidentes en estos poemarios tuvieron que ver con aspectos biográficos: aunque para entonces ya era una mujer independiente, también anhelaba ser amada (sus relaciones amorosas siempre fueron malogradas); en pocas palabras, ansiaba ternura y aceptación. El hombre será, en este sentido, el amado enemigo, y la sociedad, una entidad que no alcanzará a comprender su diferencia. Por eso su rebeldía, su subversión, la expresará por medio de la burla y la risa ácida («¿Qué diría?»). Sin embargo, a veces su excesiva sensibilidad traicionará su fortaleza y sufrirá, como ya se ha dicho, recurrentes crisis nerviosas causadas también por el exceso de trabajo.
El giro de su estilo poético comenzará a identificarse en Ocre, publicado en 1925 —a sus treinta y tres años— donde se muestra más introspectiva; el sufrimiento identificado en estos versos es menos estridente y sus autorretratos, irónicos. Como telón de fondo, toma fuerza la forma en que percibe la libertad de su cuerpo en una cultura conservadora; en una trilogía se atreve a elaborar una teoría sexual: «La rueda», «La otra amiga», «Y agrega la tercera». Para entonces ha descubierto que la causa de sus dolores no es el hombre sino ella misma; sospecha que este sólo le dará amor efímero e incomprensión y ha aprendido a aceptar este impasse entre las relaciones, la tiene sin cuidado porque precisamente vive su mejor momento: ha sabido salir adelante sola con su hijo (con quien mantiene una estrecha relación), es miembro de los grupos literarios y colaboradora de las revistas y periódicos más prestigiosos, es reconocida en las calles por sus lectores, aparece en reportajes y entrevistas de páginas enteras, se gana la vida ejerciendo su profesión de maestra, tiene buenos amigos y se ha ganado un lugar indiscutible en el ambiente cultural bonaerense. Se siente rodeada de aceptación y cariño, aunque algunos críticos todavía insisten en tacharla de inmoral.
Pero las cosas comienzan a cambiar a finales de esa década: su primera obra de teatro, El amo del mundo, estrenada en 1927, fue duramente criticada debido, entre otras cosas, a la mala interpretación que se hizo de las ideas feministas expuestas en ella. A los tres días se suspendieron las presentaciones y los cronistas la despedazaron; uno de ellos escribió: «Alfonsina Storni denigra al hombre». Ella, dolida e indignada, se defenderá en un artículo titulado «Entretelones de un estreno». Por otro lado, desde algunos años atrás, Alfonsina también recibía la crítica de la nueva estética argentina, es decir, los ultraístas en torno a la revista Martín Fierro, liderados nada más y nada menos que por un joven y talentoso Jorge Luis Borges. El Ultraísmo, que abogaba por un lenguaje metafórico donde la imagen era la protagonista absoluta, no podía tener afinidad con el estilo de Alfonsina, más inclinado a la confesión, hijo de la resaca modernista. Los martinfierristas a menudo la tildaron de cursi y se burlaron de ella en su famosa sección «Parnaso satírico». Su fracaso teatral y los dardos de la nueva generación de escritores fueron sin duda tragos amargos para Alfonsina.
No volvió a publicar otro poemario hasta 1934, nueve años después de Ocre. En los últimos años se había interesado por autores más contemporáneos y en 1930 y 1932 realizó viajes a Europa que le permitieron conocer el trabajo de la Generación del 27. Pronto descubrió una nueva forma de escribir, una más acorde a sus vaivenes interiores de ese momento. Así encarnó una metamorfosis maravillosa y evolucionó de «poetisa» a «poeta»: al fin la mujer liberada y la autora, ahora libre de su estilo anterior, se mezclaron en una sola voz. Mundo de siete pozos fue toda una revelación: Alfonsina adoptó una forma más visual de representar las emociones: juegos de imágenes dentro de un mundo precario e inestable, donde los pozos —ojos, oídos, boca, fosas nasales— por los cuales llega a nuestro cerebro la percepción del mundo son cargados de violencia y tensión; la angustia metafísica se convierte en la espina dorsal de los poemas («Agrio está el mundo, / inmaduro, / detenido»), una angustia que llega hasta nosotros por medio de representaciones de mariposas ebrias y mejillas musgosas. En este poemario también son recurrentes los motivos de ciudad: las avenidas, el transporte público, claras alusiones a la modernidad.
Cuatro años después, y un mes antes de su muerte, publica Mascarilla y trébol, donde culmina la aventura vanguardista aunque en el fondo de un abismo: en este último libro la realidad aparece rodeada de imágenes oscuras, a veces grotescas. Y esto se comprende teniendo en cuenta el momento biográfico por el que pasaba su autora: en 1935 se le diagnosticó un cáncer de pecho y debió someterse a una operación quirúrgica en la que perdió su seno derecho. El hecho de tener que pasar por una mutilación física para seguir viva, la marcó profundamente. En los dos años siguientes a la operación, presiente la cercanía de la muerte ya que su salud empeora de manera irremediable. Por lo tanto, Mascarilla y trébol, escrito en estado casi de trance ante la certeza de morir, tiene un tono de reconciliada despedida. Pero al mismo tiempo la arrinconan el dolor físico y la desazón anímica. No ayuda para nada que su amigo Horacio Quiroga, la hija de este, Eglé (a quien Alfonsina profesaba un cariño especial), y su enemigo literario, Leopoldo Lugones, hayan decidido quitarse la vida; Quiroga en 1937, Eglé y Lugones unos meses antes que ella.
Alfonsina, por lo visto, consideraba que el suicidio era una elección concedida por el libre albedrío: en un poema dedicado a Quiroga expresa su admiración por la valiente decisión del escritor. De esta forma, en octubre de 1938, se marcha a Mar del Plata, supuestamente a descansar. Una noche, después de unas horas de intenso dolor, llama a la asistenta de la pensión donde se hospeda y le dicta una carta para su hijo. En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, de cuarenta y seis años, bajo una lluvia torrencial, se arroja al mar desde un espigón dejando como testamento un poema, «Voy a dormir», y una carta de despedida a su hijo Alejandro.


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